Debate sobre el lenguaje inclusivo: Lingüística para todes

Decir “elles” o “amigues” puede sonar ridículo y hasta contrario al funcionamiento del lenguaje, pero es parte de la construcción de un mundo más justo. Por Leandro Moscardó * en La Voz

Una de las características básicas del lenguaje humano es su arbitrariedad. Es decir, la forma de las palabras no tiene una conexión natural con la realidad a la que refiere. O, para ponerlo de una forma más llana, las palabras suenan así porque sí (con algunas excepciones, como las onomatopeyas). En síntesis, podemos decir que los referentes en todo tipo de actividades suelen ser hombres. Lo cual, por supuesto, no responde a condiciones naturales, sino al desigual reparto de poderes.

Que la lucha feminista vino a traer polémica a las sociedades occidentales ya no es noticia. Cada paso que da el movimiento significa un cuestionamiento hacia un statu quo -cada vez más endeble- donde conviven puntos de vistas e intereses diversos. 

De todos los terrenos en disputa de la actualidad, la cuestión del lenguaje es uno de los aspectos más resistidos en las sociedades de habla hispana. Hoy se alzan voces ¿puristas? que defienden al idioma de lo que pareciera -según dicen- un ataque por parte del ejército feminista. Vamos a intentar comprender de qué se trata todo esto.

Si bien el lenguaje es una herramienta utilizada por todes les seres humanes (como facultad natural), no todas las personas tienen un conocimiento acabado ni tampoco han tenido por qué reflexionar en torno a su funcionamiento. Esto no priva a nadie de la posibilidad de tomar una posición -ya que el tema en cuestión es patrimonio común-, aunque no siempre esas opiniones cuentan con fundamentos sobre los cuales sostenerse.

Lo primero que podemos decir, para intentar arrojar algo de luz, es que todos los idiomas, en tanto sistemas de códigos mediante los que se ejecuta el lenguaje, no poseen palabras naturales. ¿Cómo es esto? 

Una de las características básicas del lenguaje humano es su arbitrariedad. Es decir, la forma de las palabras no tiene una conexión natural con la realidad a la que refiere. O, para ponerlo de una forma más llana, las palabras suenan así porque sí (con algunas excepciones, como las onomatopeyas).

Las palabras tienen significados que mutan, que cambian con el paso del tiempo y según el uso que haga de la lengua la comunidad que las utiliza. De hecho, más allá de la gramática normativa, que establece lo que debe enseñarse en las escuelas, la Real Academia Española no tiene la función de decir qué está bien o mal -por más que a veces se tiente en hacerlo-, sino la de describir nuestro idioma y reconocer las nuevas formas que aparecen y cuyo uso se extiende. 

Por eso cada año incluye nuevas palabras en su diccionario, palabras que años anteriores no existían, y que generalmente desatan polémica. En resumen, lo que hoy significa una cosa mañana puede significar otra. Y palabras que ayer estuvieron en uso hoy pueden ser olvidadas.

Por supuesto que esto no llega a explicar en su totalidad el fenómeno lingüístico que tenemos entre manos, ya que los procesos que terminan por modificar los signos de una lengua requieren del paso de muchos años, y suelen ser percibidos del mismo modo que los cambios de época: por la dinámica cambiante de las sociedades.

La arbitrariedad del lenguaje no es su única característica. El lenguaje humano tiene otras, entre las que se encuentra el hecho de ser una herramienta que economiza esfuerzos. Les seres humanes tenemos la tendencia de comunicarnos entre nosotres realizando el menor trabajo posible. Esto explica la formidable evolución que muestran nuestras formas de comunicarnos, sobre todo en los sectores más jóvenes de las sociedades. 

Esta segunda característica del lenguaje, su economía, puede dar cuenta de la enorme dificultad que supone incorporar un cambio de repente -como lo es el registro inclusivo, con perspectiva de género- en nuestro idioma, ya que demanda por parte de les usuaries un esfuerzo considerable en su comunicación.

Cuestión política

Pero aquí entra la segunda dimensión de este fenómeno. Y tiene que ver con que no es simplemente lingüístico, sino también, y sobre todo, político. La utilización de un lenguaje inclusivo es una decisión política.

A lo largo de la historia, los idiomas han tomado su forma según la repartición de poderes en nuestras sociedades. Es difícil pensar que la consolidación de genéricos masculinos no guarde relación con la concentración de poder por parte de los hombres. En sociedades donde el poder ha sido ejercido mayormente por hombres, lo masculino es la regla, y lo femenino, la desviación, o al menos lo otro. 

En Argentina, antes de Cristina Fernández de Kirchner (más allá del caso de María Estela Martínez de Perón), cuando pensábamos en la presidencia del país, seguramente lo hacíamos imaginando a un hombre. Lo mismo sucede cuando pensamos en puestos de poder, no sólo en la política, sino también en el sector privado. 

Las personas más relevantes del mundo, en términos de reconocimiento -deportistas, actores, artistas-, también suelen ser varones. Cuando hablamos del Mundial de fútbol, nos referimos al certamen masculino, más allá de que también existe uno femenino. 

En síntesis, podemos decir que los referentes en todo tipo de actividades suelen ser hombres. Lo cual, por supuesto, no responde a condiciones naturales, sino al desigual reparto de poderes.

Es en el contexto de la lucha por cambiar este desequilibrio donde se inscribe el fenómeno del lenguaje inclusivo. Entonces, si bien es verdad que forzar una forma de comunicarnos va a contramano del funcionamiento que han mostrado las lenguas a lo largo del tiempo, este momento de la historia nos da la oportunidad de tomar una decisión, y de hacer consciente un dispositivo que cotidianamente damos por sentado, como es el lenguaje.

Y no, claro que no va a ser fácil. De hecho, por momentos nos suena ridículo. Quizás porque es nuevo, y hasta en algún punto extraño. No es fácil escribir ni decir todes, elles, les futbolistes ni les families. Pero es necesario. Es necesario porque no existe pensamiento que se pueda producir por fuera del lenguaje. Es necesario porque las palabras, además de los hechos, también construyen la realidad, y porque la realidad sigue siendo desigual. Porque todo lo que no sea masculino aún sigue siendo lo otro. Porque el mundo todavía es un lugar inseguro para las formas de vivir que se alejan de la regla. Comunicarnos mediante un idioma inclusivo es un desafío y un deber para les que creemos que el mundo debe ser un espacio donde todes podamos convivir en paz.

(*) Comunicador

NdR:Ver la nota en su contexto original: http://www.lavoz.com.ar/numero-cero/debate-sobre-lenguaje-inclusivo-linguistica-para-todes

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Post Author: mauricioalvez

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