Extracción de Sergio Alvez #Literatura2019 #Cuentos

Publicado en la cuenta de Facebook de Sergio Alvez https://www.facebook.com/sergio.alvez.96/posts/2099012036851636

La cirugía está programada a las cuatro. Una muela del juicio debe ser extraída, porque ya los dolores que me provocan ascienden internamente por la mejilla y llegan incluso a la sien. Hoy se termina. Hoy le digo adiós al dolor. Llego caminando a la clínica. Una vez adentro, el aire acondicionado logra secarme parte del mar de sudor que me empapa el rostro. Afuera, cuarenta grados de térmica. Relleno la planilla.
— Espere un momento, el doctor debe estar por llegar.

Me siento. Muevo las rodillas. Debo reconocer que siento algo de nerviosismo, y que esa sensación se asocia al temor ante la posibilidad de sentir dolor. Me tomo una selfie. La observo unos segundos. Enseguida me doy cuenta que no tiene ningún sentido enviársela a nadie. Quizá a mi madre, pienso. Borro la foto. Un hombre irrumpe en el lugar. Viste un ambo. Lleva un maletín y una sonrisa leve. No tiene el menor resquicio de transpiración, por lo que deduzco que acaba de bajar de su auto con aire acondicionado, que habrá estacionado frente a la clínica. Sin duda es el cirujano. El Dr. J.V. Avanza por el pasillo, y saluda de manera general a las cinco personas que estamos sentadas en el sector de espera.

Sé que soy el primer paciente de la tarde. Finalmente ingresa a su consultorio. Cierra la puerta. Aprovecho el instante para apagar el celular, guardarlo en la mochila junto a las llaves, y sacar la carpeta con la radiografía panorámica de mis dientes, realizada el día anterior en otro lugar.
La puerta del consultorio se abre. El Dr. J.V se asoma. Suavemente llama:
—Alvez

El sillón dental es, básicamente, azul, como el ambo de J.V. Dejo la mochila sobre una silla, no sin antes entregarle al cirujano la radiografía y mi carnet de afiliado a la obra social. Me acuesto. Respiro profundo. Todo lo profundo que puedo sin que se note demasiado el nerviosismo. Sos un cagón, lanza una voz en mi conciencia, irreverente e inidentificable.
El Dr. J.V me hace las preguntas de rigor.
—¿Alergias? ¿Alergia a la anestesia?
—Ninguna. No.
—¿Enfermedades?
—Nada
—¿Está tomando algún medicamento?
—No.

Se terminan las preguntas y un efímero silencio atraviesa el diminuto consultorio. Siento que el corazón me late un poco más rápido que lo habitual.
—Abrí la boca. Eso. Girá un poco más la cabeza para este lado. Eso, así. Perfecto.
La aguja de la anestesia atraviesa el tejido de la encía. Pasan los minutos. La zona se enrarece. J.V golpetea levemente la muela en cuestión, oculta en lo profundo de esa esquina de mi boca.
—¿Duele?— pregunta.

Levanto un brazo, extiendo el dedo índice y lo muevo de un lado a otro.

Entonces, sucede. Un instrumento que no podría asegurar que es (intuyo un fórceps) impacta con un punto nervioso en mi encía, y siento un espasmo de dolor espeluznante, eléctrico, un colapso enloquecedor. De mis ojos brotan automáticamente un par de lagrimones y mis manos se aferran como garras desesperadas a los costados de la silla azul. Las piernas se me entumecen.
Como el tormento no cesa, sino que aumenta en intensidad, fuera de mí, cometo lo que para el gremio de dentistas debe ser un sacrilegio: detengo con ambas manos el brazo ejecutante del cirujano.

Balbuceante, intento expresar que me duele. El intento está de más.
J.V ya retiró el fórceps. Siento ahora las lágrimas transitar mis pómulos. Puedo estar seguro: jamás en la vida sentí tanto dolor. Nunca un sufrimiento físico me había atravesado de tal manera. La angustia es atroz.

—Tranquilo. Vamos a reforzar la anestesia.

Otro pinchazo en la encía. Tras una batalla que dura pocos minutos, J.V consigue extraer la muela. Yo estoy como en trance. Bajo el influjo de ese dolor tan feroz como novedoso, mis ideas divagan, perdidas y desordenadas, por oscuros rincones. Pienso en la tortura. En aquellas personas que realmente la sufrieron.

Cuando al fin puedo sentarme, el cirujano me explica en detalle cómo seguir con los cuidados. Intento concentrarme. Prepara la orden de medicamentos. Incluye una inyección intramuscular que deberé aplicarme al salir, en un sanatorio que queda a pocas cuadras de ahí. En un rapto de lucidez le pido el certificado médico para el trabajo. Lo necesitaré. Guardo todo lo que me da en la mochila, le doy la mano y las gracias. Salgo del consultorio, mareado, bajo las escaleras. Salgo a la calle. Cuarenta grados de térmica. Es como si un taladro a baja velocidad y de mecha fina estuviera coqueteando con mi encía. No descarto la posibilidad de un desmayo. Sigo andando.

Quisiera incluso, desmayar y que de ese modo el dolor llegue a su fin. Ojalá lo que me haya recetado sea morfina, ruego. Sudado nuevamente, ingreso al sanatorio. Está repleto de pacientes en espera. En Mesa de entradas, babeando y con la lengua arrastrada por tanta anestesia, explico a la mujer de la mesa de entrada lo que necesito. Me manda a Guardias.
—¿Trajo la ampolla?—me preguntan ahí.

Salgo a la calle de nuevo. Camino hacia la farmacia. Son unos pocos metros. Compro la ampolla. Un rato después golpeo la puerta de enfermería. Me atienden y reciben la ampolla. La prepararán y me llamarán. Me siento y observo a la gente a mi alrededor. Es como si a todos nos hubieran robado la sonrisa. Se abre la puerta de Enfermería.
—Alvez

Entro. Me acuesto boca abajo. Pelo culo. Me inyectan. Agradezco. Me voy. Antes de salir del sanatorio, aprovecho el agua del dispenser para mandarme el antibiótico y el analgésico, juntos.
Vuelvo a la vereda. Enero es un averno. La ciudad llamea con saña. Fuego. Entre el calorón y los ríos de fármacos que surcan mi organismo, siento que floto, y comienzo a sonreír porque algo estupendo ocurre: el dolor comienza a descender.

Con esta creciente alegría, llego a casa.
Pasará un rato. No recuerdo cuando me dormí. Pero ahora estoy en mi cama, semi-despierto, embotado aún, pero el dolor que siento es apenas una débil sombra de lo que fue.
Frente a mí, el rostro de mi hija.
—¿Estás mejor? ¿Te sigue doliendo?
—Ya casi no me duele.
—Te dije, el dolor siempre pasa.

Fin

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Post Author: mauricioalvez

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