El enemigo conoce el sistema. Manipulación de ideas, personas e influencias después de la economía de la atención

“En internet, cuando no pagas, el producto eres tú”.
Campaña de Pangea

 

Artículo original en http://www.mientrastanto.org/boletin-182/la-biblioteca-de-babel/el-enemigo-conoce-el-sistema

Marta Peirano. El enemigo conoce el sistema

Manipulación de ideas, personas e influencias después de la economía de la atención

Debate, Barcelona, 2019, 301 págs.

De lectura obligatoria, pero de obligado análisis crítico

El título, El enemigo conoce el sistema, se refiere a una idea del matemático, ingeniero y criptógrafo Claude Eldwood Shannon, interpretada, según explica la autora en una entrevista, en un sentido diferente al que le daba su autor. Para Shannon significa que cualquier sistema criptográfico será, tan pronto como se use, conocido por el enemigo, con lo que lo más importante no es el código, sino la clave. Para la autora significa que “aquel que controla el sistema porque lo ha construido y no comparte el conocimiento con quienes lo usan siempre va a ser el enemigo”. Lo dejamos aquí.

La economía de la atención a la que también se refiere el título es un fenómeno cotidiano: continuamente, y en casi todas partes, encontramos personas con la atención fija en la pantalla de un móvil u otro dispositivo. El movimiento más habitual tras haberse acomodado en un lugar (sentado o de pie) es sacar el dispositivo y aislarse del entorno; lo que conduce, según la jerga económica dominante, a una competencia entre contenidos para captar la atención del usuario.

Marta Peirano define la base de esa conducta como engagement, una vinculación agradable entre aparato y usuario basada en un hábito (¿adicción?) que requiere una cierta respuesta. La vinculación se origina en complejas reacciones psicofísicas y psicoquímicas del cerebro relacionadas con la liberación de dopamina, una sustancia que, pasado un determinado umbral, provoca una sensación de carencia insaciable: falta de comida, de bebida, de azúcares o de contacto con el aparato que mantiene a la persona “conectada”. Esa reacción se induce de muchas maneras.

En el boletín de junio se comentaba Propiedad digital. La cultura en internet como objeto de cambio, de Joan Ramos Toledano. Podemos considerar el contenido de este libro como una previa al de aquél. Si en Propiedad digital se analizaban las implicaciones jurídicas del concepto, aquí se explica la realidad material que sostiene tal propiedad.

Sobre la autora; según su propia definición (p. 189 del libro), Marta Peirano sería una influencer “[…] especialista en algún tema específico, generalmente relacionado con la ciencia, la tecnología o la cultura digital”. Su charla TED en Youtube (9 minutos) “¿Por qué me vigilan, si no soy nadie?” había sido vista, en el momento de redactar esta reseña, 2.329.707 veces. También es interesante la entrevista de quince minutos de presentación del libro, porque desarrolla alguna idea que en la obra aquí reseñada sólo queda apuntada.

Marta Peirano se dio a conocer en 2015 con un libro de resonancias históricas, algo que era mucho más que un simple manual; El pequeño libro rojo del activista en la red, prologado por Edward Snowden, se puede considerar un trabajo previo a este que comentamos. Aunque su subtítulo era explícito (Introducción a la criptografía para redacciones, whistleblowers, activistas, disidentes y personas humanas en general), no se limitaba a una guía de autoprotección contra vigilancia y espionaje.

Mecanismos de control en la barbarie institucionalizada

Si un contenido es bueno, contar el final de una obra no estropea el interés por su desarrollo; y en este caso el contenido es más que bueno. Se trata de mecanismos de control individual y social, y su potencial futuro. En palabras de la autora:

El ecosistema definitivo para la vigilancia y manipulación de miles de millones de personas en previsión de un futuro irrevocable: pronto seremos muchos más viviendo en mucho menos espacio, compitiendo por menos recursos en un entorno cada vez más hostil.

Porque el engagement es la estación de llegada de una historia cuyo mito fundacional arranca, en los años sesenta del pasado siglo, con leyendas sobre jóvenes idealistas y creativos que provocan una revolución desde el garaje de una vivienda familiar; un tópico tan recurrente como falso. El mito se concreta en monstruos globales: Amazon, Facebook, Microsoft, Google, Twitter, WhatsApp, Instagram, etc., cuyo engagement es el alimento de realidades tan siniestras como PRIMS, Cambridge Analytica, SCL Group, Palantir, XKEYSCORE, etc., y cuyo camino está jalonado de pleitos, codicia y ambición, pero también de violencia hacia las clases subalternas: plaza Tahir, matanzas en la India, genocidio rohinyá en Birmania, e inquietantes experimentos que, partiendo de iniciativas del señor Obama, han desembocado en Trump y Bolsonaro, por citar sólo los nombres más famosos.

Ese engagement, camuflado como aplicaciones o servicios, se traduce en cuatro campos cuyo desarrollo es el hilo conductor de la obra: la nube, no como sinónimo de vaporosa y simpática presencia, sino como una cruda realidad de centros fortificados y blindados donde se controla y se almacena todo lo que circula, donde nada desaparece aunque se borre; los metadatos, ingentes cantidades de información que proporcionamos individual o colectivamente sin tener que hacer nada especial; los algoritmos que procesan esos datos y metadatos, dándoles una ficticia apariencia de objetividad, y, en la cúspide de todo, las grandes empresas que comercian con esos datos y metadatos procesados. La consecuencia está en el párrafo final del libro, la segunda parte de la cita reproducida más arriba:

Y estas infraestructuras de poder centralizado, persistente y oscuro no están diseñadas para ayudarnos a gestionar esa crisis. Están diseñadas para gestionarnos a nosotros durante la crisis. No nos van a servir para hacer frente al poder. Las herramientas del poder nunca sirven para desmantelarlo.

Esta breve síntesis del “porqué” no anula lo importante: el “cómo”, el “dónde” y el “cuándo”. Las 277 páginas de contenido se organizan en 49 apartados, con una extensión media de tres o cuatro páginas cada uno. Una muestra de una parte de sus títulos es la mejor presentación; permite hacerse una idea de la amplitud y ambición de la obra. Así, tenemos Adicción. Por qué no puedes dejar de tocar tu móvil. La caja de Skinner. Competimos con el sueño, no con HBO. Infraestructuras. De Command & Control a TCP/IP. Internet entra en el mercado. Kilómetros de fibra óptica para recolonizar el mundo. Vigilancia. El pecado original de internet. Ojos en el bolsillo. Centinelas celestes. El Estado soberano de la nube. La banalización de la vigilancia. Algoritmo. Mip. Mix. Burn. La trampa de la inteligencia colectiva. La carrera darwinista, de Napster a The Pirate Bay. El modelo de negocio. Compraventa de datos personales. La máquina de propaganda infinita. Operación INFEKTION. Todos contra todos. Myanmar: deshumanizar con memes y mentiras. Nosotros contra ellos: la campaña del odio. Doctrina del shock a la carta…, etc.

Pero, sin embargo, es necesario un análisis crítico de la obra

La referencia serían los libros de Naomi Klein (que aparecen citados en alguna ocasión). Detallados y abrumadores análisis, y denuncia de alta calidad. Pero presentados de forma desordenada la mayoría de las veces, y sin relación entre la denuncia y los marcos de interpretación. Y sin alternativas. En este caso, ante realidades como la existencia de más de 3.000 millones de usuarios y de 7.800 millones de tarjetas SIM personales, algo que no se puede afrontar instalando una aplicación criptográfica en el dispositivo, y siguiendo como si nada.

Una larga relación de jóvenes emprendedores que, altruistas o egoístas, comparten un feroz individualismo que no se menciona. Los primeros desde la ingenuidad más extrema; los segundos, retoños del neoliberalismo desatado a finales de los años setenta, se consideran “las mejores mentes de mi/nuestra/su generación”; insolidarios y competitivos y, por ello, presas fáciles de conglomerados empresariales, o marionetas de la CIA y otras agencias. Triunfadores con empresas que mezclan filantropía, misticismo y explotación despiadada de una mano de obra casi esclava. Cuando se descubren sus abusos, manipulaciones, mentiras (o matanzas), derivadas de su actividad, convocan ruedas de prensa, entonan excusas, reconocen una responsabilidad parcial, prometen corregirse… y siguen como si nada, porque se saben protegidos por los poderes políticos y por batallones de abogados. Todos adolecen de una incultura considerable (pese a sus enormes capacidades lógicas y matemáticas) en temas sociales, culturales y políticos.

Ausencia de análisis social, sobre todo de las banalidades del movimiento antiglobalización (o alterglobalizador), con simplezas como la multitud contra el poder y similares. Sobre las inconsistencias y fracasos continuados, sobre el nulo resultado tras años de movilizaciones y kilómetros de desplazamiento (desde Seattle a la reciente del G7). En política la carencia es dolorosa: Trump no es el resultado exclusivo de un uso maquiavélico de las redes, hay políticas neoliberales sostenidas durante décadas que explican las desigualdades brutales, y que conducen a su victoria a mayor beneficio de las clases dominantes; Bolsonaro no es sólo consecuencia del uso torticero de WhatsApp, sino que surge tras años de inacción, errores, corrupción y división de las fuerzas de izquierdas, las que ostentaban el poder político antes de su victoria.

Los habituales tópicos genéricos: los malos son los rusos, los chinos, los macedonios, pero nunca los estadounidenses, pese a ser los responsables de todo. Sobre EE.UU. no cae la etiqueta nacional genérica, y se ponen nombres concretos. Ello fue denunciado, en el caso de Trump, por el periodista de investigación Pascual Serrano, que trata de manipulaciones informativas en internet.

Falta la conexión de todo lo estudiado en el libro con la industria del entretenimiento, aunque se detalla el caso de la música (por el tóxico —curiosa denominación— Steve Jobs) y se mencionan las citas y contactos; pero los canales temáticos de televisión, las series, los videojuegos, los concursos, la pornografía, las apuestas, etc. no aparecen; pese a su simbiosis con el monstruo.

Nada de esto justifica que no se lea un libro como El enemigo conoce el sistema, que resulta un punto de partida imprescindible.

 

Nota: Se pueden ampliar algunas de las referencias de este artículo aquí.

Miguel Muñiz Gutiérrez

28/8/2019

Post Author: mauricioalvez

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