El Patriarcado usa Internet

Lucía Mantecón Rodriguez – Departamento de Psicología

(https://activismofeministadigital.org/el-patriarcado-usa-internet/ ) Cuando comenzamos a autopercibirnos como feministas arranca un largo camino de deconstrucción y reconquista de nuestro ser. Por mucho tiempo -casi desde antes de nacer-, se nos cuenta un cuento acerca de qué significa ser mujer, qué roles cumplimos, cuales son nuestros gustos, qué profesión es la ideal para nosotras, entre otras falacias. Pero poco a poco nos vamos dando cuenta que la ficción no tiene nada que ver con nuestro día a día. En definitiva: con la pulsión que nos invade para ser lo que queremos ser.

Sin embargo, muchas hemos crecido y otras nacido en un mundo donde no solo existen las dimensiones ya reconocidas de expresión humana (la literatura, el cine, la fotografía, la música, etc.), sino que Internet introdujo un espacio altamente abstracto. Esta nueva dimensión hizo que la persona deba colonizarla con todas esas expresiones posibles y conocidas: ahí ingresó en Internet aquello que sabemos se llama Patriarcado.

Así como sucedió en la historia de las relaciones entre personas, el sistema machista comenzó a establecer las normas bajo las cuales las usuarias debíamos existir, naturalizando las maneras idénticas de violencia que se experimentan en el ámbito offline.

El cuerpo femenino abandonado detrás de la pantalla es cosificado mediante su imagen, tanto como estandarte o como símbolo, el Patriarcado hace uso de él para satisfacer cuanta necesidad surja. Ante el daño, la duda: ¿tengo derecho sobre esa foto o video? En esta dimensión de lo virtual, volvemos a preguntarnos si los derechos humanos son aplicables a nosotras mismas o no. Este cuestionamiento que nos hacemos las mujeres –aún vigente- de cómo ser en el mundo, con la certeza de sabernos siempre desplazadas, siempre no-incluidas.

Todo lo que configura “ser mujer” es puesto en tela de juicio, todo es debatible cuando entra en conflicto el deseo patriarcal con un derecho humano femenino. Lo sabemos y lo experimentamos con la resignación de quien no puede elegir si desempeñarse en un entorno violento o quedar en la periferia de la sociabilización global.

Para las mujeres, existir digitalmente es sufrir de manera análoga la violencia de la vida offline.

¿Por qué un hombre elige la violencia digital como modalidad? Probablemente porque el vacío de leyes le ofrece un mundo infinito de posibilidades. En un espacio donde cada cual establece sus propias normas, es habitual que existan coincidencias y que éstas, a su vez, se organicen de tal manera que prevalezcan sobre otras. Ahora adivinen las reglas de quiénes jugamos las mujeres. Cuando un varón violento decide dañar a una mujer cuenta con una red de personas que lo legitiman, un pacto entre machos que no necesita ser explícito, se lo conoce y sostiene sin importar las consecuencias. En el plano analógico -donde hay regulación-, estas personas encuentran (en el mejor de los casos) una sanción, que conlleva en sí misma una sociedad (o al menos una parte de ella) que condena su accionar, que lo rechaza, lo bautiza con diferentes nombres: “acosador”, “violador”, “violento”, “femicida”. Sin embargo, en la virtualidad de la violencia argentina no hay nombres ni leyes; no hay una sociedad que se haya organizado para hacerle saber al violento y a los futuros agresores que existen conductas intolerables.

Diariamente llevamos a cabo diferentes roles: somos una misma persona pero desempeñando distintas funciones sociales, como por ejemplo en el trabajo, en una reunión de amigas, en la intimidad de la familia o la pareja. Es la cultura de cada región quien dicta los lineamientos sobre los cuales expresamos nuestra identidad; pero si vivimos en una cultura machista, los roles que llevan adelante las mujeres se ven teñidos por la opresión, la discriminación, la violencia.

Preguntarnos hoy por hoy quiénes somos y quiénes queremos ser no es tarea sencilla, sobre todo porque sabemos que para poder decidir libremente primero debemos batallar contra un sistema que nos delimita las posibilidades. El Patriarcado muchas veces nos deja jugar a que somos autónomas y somos nosotras quienes imponemos las reglas, hasta que llega ese momento donde nos damos cuenta que seguimos plantadas en una meseta demasiado pequeña para nuestras raíces. Todo lo dicho trasladado al mundo virtual se acrecienta.

¿Quién soy y quien quiero ser digitalmente? Ya no necesito de mi cuerpo ni de las leyes temporoespaciales; ni siquiera corro el riesgo de la inevitable muestra de aquello que no quisiera que se conozca. Por ejemplo, puedo querer ser una empleada feliz en el trabajo, pero es ineludible el hecho de que tal vez me vean un día de mal humor o enojada. En cambio, cuando creamos un perfil en línea decidimos qué facetas de nuestra vida mostrar, qué imagen dar de nosotras, qué expresiones de nuestra identidad elegimos plasmar. O eso es lo que le sucede a los varones, porque en esta virtualidad machista poder elegir realmente quien ser es un privilegio prohibido para las mujeres. Volvemos a encontrarnos con las barreras con las que nacimos: nuestra opinión se desestima, nuestra imagen se cosifica, nuestros trabajos online son los menos remunerados, la calidad de información a la que accedemos es baja, nuestra voz es callada por machitrolls, nuestra integridad psicofísica es amenazada, entre cientos de ejemplos que podría dar. Porque lo cierto es que existen tantas formas naturalizadas de opresión como machistas hay en el mundo.

Personalmente creo que la mayor injusticia es no tener la libertad de elegir cómo ser. “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros” decía Sartre, pero ¿cómo hacemos para ser con lo que hacen de nosotras? O mejor dicho, ¿cómo ser cuando ya está establecido lo que debemos hacer con lo que hicieron de nosotras? Romper los roles de género es una lucha que aun libramos en la actualidad, con algunas victorias pero mucho terreno por conquistar.

En el plano online ni siquiera contamos con un ejército armado, estamos a merced de los machos, peleando con hashtags mientras ellos son los dueños de las redes sociales. Si nuestro trabajo online se basa en defendernos del Patriarcado, ¿en qué momento creamos contenido? ¿Cómo hacer para producir material en condiciones seguras que permiten la máxima expresión de lo que queremos crear? Si históricamente se ha heredado la incertidumbre acerca de lo que piensan “las mujeres” es porque nunca se nos ha escuchado, jamás se ha valorado nuestro pensamiento ni mucho menos nuestro potencial. Hemos debido hacernos expertas en la técnica, sobresalir por el extraño hecho de ser mujer y poder realizar algo mejor que un varón. Internet no es la excepción. Si una persona autopercibida mujer levanta la cabeza de forma online es porque cuenta con un escudo de compañeras que se lo permite. Sí, así, agrupadas, es hoy por hoy la única forma de poder producir y no simplemente reproducir contenido.

Ahora bien, cuando somos simples mortales usando por ejemplo redes sociales a diario, el panorama es aún más hostil. Tener que decidir si dar o no una opinión, si expresar un pensamiento, si defender o no a una compañera son algunas muestras de cómo el Patriarcado lo ha logrado otra vez. Nos callamos… no nos es redituable el costo que se paga por unas cuantas palabras. Seguimos siendo esas seres misteriosas, sagradas, inaccesibles, mujeres de porcelana a las cuales nos rezan, brujas o musas inspiradoras, pero NUNCA mujeres de derecho. Internet se abrió como una posibilidad de dar vuelta el tablero, de que al ser un mundo inexplorado e ingobernado por fin podríamos encontrar un lugar donde ser realmente.

Capítulo aparte configura la sexualidad femenina. Tan temida por el Patriarcado que no ha tenido mejor idea que tenerla a raya, dominarla y sofocarla a diestra y siniestra. Pero como en todas las ficciones, aparecen ciertas heroínas, mujeres que desafiaron esta forma asfixiante de vivir la innegable sexualidad. Mandaron fotos y videos, postearon imágenes deseantes, escribieron palabras que decían de sexo, de goce, de placer. Y por ello fueron y son castigadas. El adoctrinamiento implica una difusión no consentida, un mensaje privado de un pene erecto, la amenaza de ser violadas y culpabilizadas por ello. El Patriarcado nos enseña que no somos dueñas de nosotras mismas, que tanto nuestro cuerpo como su proyección en una imagen o la sexualidad que de nuestra identidad psicofísica se desprende, le pertenecen a él y a todos sus hijos.

Es llamativo observar cómo una actitud que socialmente se ha acordado que está mal, cuando se trata de un varón satisfaciéndose a costa de una mujer, se vuelve debatible. Es como si los límites se volvieran difusos, porque si bien sabemos que postear una foto ajena es un acto reprochable, si el contenido de la imagen es una mujer sexualizada la culpabilizamos por haberse salido de las normas impuestas por el Patriarcado. La verdad es que debiéramos poder ejercer una sexualidad plena y segura, donde enlazarse con el otro no sea siempre con una cuota de riesgo. No es justo vivir en un sistema donde solo nos propone dos posibilidades: gozar siendo objetos y no sujetas o no gozar.

¿Por qué un contenido de una mujer libre en un contexto sexual se viraliza? Porque es la novedad, es el reflejo de aquello que muchos hombres y mujeres desconocen: el placer femenino. Ser sujeta de deseo implica que tengo mucho que ver con todas las acciones que emprendo, significa haber escuchado el llamado de mi sexualidad y actuar en consonancia. Se viraliza porque como su nombre lo indica configura un virus para el sistema patriarcal. “Enferma” a otras mujeres de libertad, les muestra que existe una vida donde decimos las condiciones en las que gozamos, las personas con las que nos relacionamos y los orgasmos que no actuamos. Pero todo virus, cumple su ciclo y desaparece. Otra vez los anticuerpos-sexualizados-libres aparecen y fagocitan todo a su alrededor. Sin embargo, las mujeres resistimos. Y otra vez, solo unidas y organizadas somos capaces de salir a flote.

Nuestra identidad digital está sustentada en el derecho a la dignidad digital que como usuarias tenemos. Ser dignas en el entorno virtual implica la posibilidad de acceder a todas y cada una de las potenciales oportunidades que éste nos ofrece sin barrera alguna.

Poder existir de forma digital implica que el resto de les usuaries deben respetar nuestra presencia y vincularse con nosotras de forma que no atente contra nuestra dignidad. En la vida online –lamentablemente-, también debemos defender nuestra vida, aunque de forma virtual. Así es que condenamos todo acto y toda reproducción del mismo que atente contra nuestra existencia o que fomente modalidades de violencia contra nosotras.

El hecho de que el espacio virtual sea considerado por muchos como nebuloso, intranscendente, superficial, no significa que efectivamente así lo sea. Toda forma de agresión, independientemente de la vía por la cual se la ejecute, tiene consecuencias en ese ser víctima, la cual recepta el daño sin poder oponer defensa.

El Patriarcado usa Internet, lo crea, lo produce, lo moldea. Pero somos las mujeres quienes sabemos las reglas, quienes portamos el poder del dolor para ver más allá de lo que se nos impone. Revolucionar lo digital es llevar el feminismo a otro plano, empezar a hacer correr la voz para que muchas mas mujeres “se den cuenta” del sistema que nos oprime.
Estructurar Internet en clave feminista es armarlo con los andamios de todas las victorias que logramos en la vida offline, soldándolos con los principios de una vida en equidad y recubriéndolo con la libertad de poder ser.

Artículo original en https://activismofeministadigital.org/el-patriarcado-usa-internet/

Post Author: mauricioalvez

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